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Poner un nombre

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Ser padre entraña sin dudas una responsabilidad con esa nueva personita que traemos al mundo. Educarla, alimentarla, cuidarla, en definitiva, criar esa linda criatura hasta que alcance su adultez, guiarla luego y hacer de ella un humano digno de la sociedad en que vive, o capaz de construir esa en que queremos que viva.

Pero hay una parte de esa responsabilidad que se ejerce brevemente, yo diría que de una manera fugaz, aunque una vez adoptadas las decisiones correspondientes, los resultados acompañan a la chica o al chico durante toda su existencia. No se lo demoro más, me refiero a la elección del nombre del recién nacido.

El proceso de denominar al que viene comienza casi desde que la pareja decide tener descendencia, y en algunas familias es motivo de debates entre la abuelita materna que propone el apelativo de su propio abuelo, que fue alguien ilustre y se llamaba Ubalérico.

Por otra parte, la tía juzga que mejor llamarlo como a su primer novio, Uris Romárico. El abuelo paterno quiere ponerle Pelayo, vaya usted a saber por qué, pero tiene una lista de opciones que incluye Seferino, Bartolo y Pascasio.

Los padres, por su parte, no comparten estas ideas familiares, porque tienen gustos modernos y se inclinan por nombres de sonoridad actual, como Yoamilis, Yurisnelvio, Yunerquis o el breve Dorky.

Si es chica, pues las cosas corren igual, con las elecciones de Tancreda, Leopolda, Evangelista, Oremia y Godofreda contra las modernas opciones de Casiyumilquis, Yoalmis, y Violeidis.

Y si por casualidad usted ha pensado algo raro acerca de la desenfrenada imaginación del periodista, su creatividad o su cordura, sepa que todos los nombres que se citan aquí fueron sacados de la última edición de la guía telefónica.

Pero, retornando a esa personita que está por llegar al mundo sin saber lo que se cocina alrededor de su patronímico, finalmente el nombre se decide por una compleja negociación familiar, y la pequeña o el pequeño reciben un apelativo que deberán cargar para siempre, aunque sea difícil de leer en los pases de lista escolares, o provoque sonrisas y hasta abiertas carcajadas en sus compañeritos.

Llevará esa carga incluso aunque abuelos y progenitores olviden con frecuencia aquellos tan discutidos nombres, y a Yurisnelvio Ubalérico le digan simplemente Yuyo o a Yoalmis Oremia todos la conozcan como Nena.

Está claro que al imponer el nombre del recién nacido no se le puede preguntar por sus preferencias. Pero alguien debería tener siempre la cordura de pensar en los tiempos en que vive, en que los usos y modas son efímeros, y sobre todo en lo que le va a tocar vivir al no siempre feliz portador de tal designación que bajo nuestra propia responsabilidad, le dimos a otro para toda su vida.

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